Sabías que lo que comemos afecta nuestras emociones
- Autor/a de la tecnología
- Fabiola Piza – Licenciada en Nutrición
- Institución que la publica
- www.comaorganico.com
- Documento fuente
- Sabías que lo que comemos afecta nuestras emociones
- Código de ficha
- 600468
Muchas veces pasa que, al sentirnos tristes o deprimidos, recurrimos a la comida de una forma casi inmediata, sin tomar conciencia del proceso. Eso sucede por cuanto los alimentos que preferimos, usualmente comida “chatarra”, inconscientemente nos brindan una sensación de confort y cariño.
No nos damos cuenta de que esos alimentos que ingerimos y que nos brindan un bienestar pasajero, también pueden estar afectando nuestro estado de ánimo, creando un círculo vicioso que afecta la salud y genera sobre peso.
Si analizamos por un instante el comportamiento descrito, nos damos cuenta de que la depresión nos lleva a la comida chatarra, y esta a su vez, a una sensación falsa de confort que termina aumentando nuestra depresión y motivándonos a comer más de lo mismo.
¿Por qué pasa esto? La respuesta es muy sencilla: cada alimento que ingerimos contiene una información genética esencial, que no solo inciden en nuestro estado físico y de salud, sino también en nuestro estado emocional, mental e incluso espiritual.

Así, existen alimentos que nos expanden y nos hacen sentir libres, como el alcohol y el azúcar; otros que nos contraen y nos dan pesadez, como la carne de res y las frituras.
Usualmente cuando comemos uno de estos alimentos, inmediatamente deseamos el otro que lo complementa. Es usual comer alguna fritura acompañada de un helado o un lomito o queso grasoso, con una copa de vino.
Si estamos deprimidos, vamos a sentir el deseo de comer una harina o un postre porque inconscientemente sabemos que este rápidamente nos va a elevar el azúcar en sangre, provocando una sensación de euforia y emoción, que por unos instantes nos libera de la tristeza que estamos sintiendo. Sin embargo, con la ingesta de azúcar en exceso, nuestro organismo se pone en estado de alerta y empieza a procesarla para convertirla en grasa. Este proceso es sumamente efectivo y veloz… La sensación inicial de euforia pasa tan rápido, que de inmediato queremos más y más, y no podemos parar.
Llega un punto en que estamos empalagados de tal forma, que nuestro organismo busca un balance y terminamos comiendo algo salado o alguna fritura. Así, de repente pasamos de comer un postre muy dulce, a comer unas papas fritas, dando como resultado no solo un aumento de peso, sino un agravamiento de nuestra sensación de malestar. En otras palabras, terminamos más gordos, menos saludables y sintiéndonos más tristes que antes.
Si por ejemplo al almuerzo comemos en exceso comida que nos contrae, como carne o frituras, esta nos vuelve más rígidos, haciéndonos sentir cansancio y pesadez. Y muy probablemente, esa sensación afecte nuestro buen propósito de hacer ejercicio o de trabajar eficientemente esa tarde.
Por eso debemos procurar el consumo de alimentos que nos produzcan un verdadero balance emocional. Una sopa de pollo es un reconstituyente ideal cuando estamos cansados. Si estamos deprimidos, la quínoa negra es una buena fuente de litio, sustancia que juega un rol importante en la depresión. Si nos sentimos fatigados y pesados, comamos vegetales de hoja verde y frutas energéticas, como las manzanas orgánicas.
A continuación presentamos algunos “tips” para crear un balance emocional con la alimentación.
Digámosle adiós a la comida depresiva.
Muchos de los problemas alimenticios y de salud, tienen como base una depresión, pero también sucede que gran parte de las depresiones son resultado de una mala alimentación.
Evitemos alimentos depresivos como: las frituras, los dulces, las carnes rojas y comida no orgánica.
Escojamos alimentos expansivos, que fomenten nuestra felicidad, que tienden a buscar el sol y por eso absorben mucha clorofila y energía, por ejemplo: el chocolate amargo y orgánico (lleno de triptófano aminoácido, precursor de la serotonina, popularmente llamada la hormona de la felicidad), la comida cruda como: las naranjas, las manzanas, las peras, los vegetales de hojas verdes, las algas… los cuales oxigenan la sangre y nos dan vitalidad.
Aprendamos a no compensar nuestra falta de afecto con la comida.
A veces no sabemos por qué, por más que ya hemos comido suficiente, no podemos parar de comer. Aprendamos a identificar cuándo el antojo de panes, helados, postres o frituras, es producto de la sensación de soledad o tristeza.
No necesitamos de esos alimentos y estos no van a solucionar nuestra verdadera necesidad. Puede ser que realmente tengamos antojo de un abrazo, de reírnos, de socializar con amigos, de movernos o tal vez simplemente tengamos sed. Pero estamos programados de una forma tan incorrecta, que inmediatamente confundimos esa incomodidad con hambre o con las ganas de comer algo prohibido que nos desinhiba.
La próxima vez que nos encontremos ante esta situación, detengámonos a pensar por un instante en cual es realmente nuestra necesidad, y no tratemos de resolverla con ingiriendo algo que nos perjudica.
Dejemos de ser tan rígidos con nosotros mismos.
Creamos tanta rigidez y culpabilidad en nuestro ser, que nos enojamos y no nos permitimos disfrutar de la vida, hasta el punto donde nuestra energía busca un tapón de escape, algo con lo cual nos podamos desinhibir sin mucha culpabilidad, y lo más cercano y accesible siempre va a ser siempre la alimentación. Aprendamos a darnos permiso para disfrutar y realizar las cosas que más amamos.
Antes de comer un alimento que creemos nos puede afectar, analicemos, de dónde viene y qué energía nos va a proveer.
No siempre comer carne roja o algún dulce es malo. Simplemente debemos escuchar a nuestro cuerpo y determinar cómo nos sentimos o como buscamos sentirnos. Pensemos si el alimento que vamos a consumir nos va a dar el balance que necesitamos y tratemos de evitar los abusos y los extremos.
Comparta la vida
Comparta el postre con su ser querido, comparta una sonrisa con un extraño, comparta un abrazo con su mejor amigo, las tristezas con su confidente, las risas con los que lo rodean, sus logros con los que más lo apoyan.
Finalmente, mucha de esta información nos puede dejar pensando ¿cómo hago yo para saber que alimento me brinda el tipo de energía que realmente necesito? Empecemos a escuchar a nuestro cuerpo, a darnos cuenta de las señales que nos presenta cuando comemos tal o cual cosa. Y si no estamos seguros, siempre es una buena idea buscar una ayuda profesional que nos guíe por el buen camino de la alimentación, hacia el balance y la felicidad.
Recuerde que el dar nos hace más felices que el recibir. Cuando damos, somos más felices y nos sentimos más completos, y así, sin hacer mucho esfuerzo, nuestra salud encuentra naturalmente su equilibrio.