La Fertilización En La Agricultura Agroecológica
- Autor/a de la tecnología
- Antonio Guiberteau Cabarnilla, Juana Labrador Moreno
- Institución que la publica
- Ministerio De Agricultura Pesca Y Alimentación · Argentina
- Documento fuente
- Técnicas de agricultura en agricultura ecológica · 4 - 5 pág.
- Código de ficha
- 301258
La fertilización debe ir encaminada a restituir o elevar el potencial productivo de un determinado suelo, y no a aportar los nutrientes para un cultivo concreto. En definitiva, debemos fertilizar el suelo y no la planta. Por esta razón, no se recomienda la utilización de abonos comerciales, pues sus componentes, fácilmente solubles, pasan directamente a la solución del suelo y de ahí a la planta.
En este punto es donde se suscitan más dudas por parte de los profesionales de la agricultura convencional, que se preguntan: ¿no es en forma de sales como se alimenta la planta?
Para responder a esta pregunta, debemos en primer lugar analizar someramente la composición de cualquier vegetal. Por término medio, el agua supone más del 80 por 100 del peso, siendo el resto materia seca; de ésta, aproximadamente el 95 por 100 está constituido por carbono, oxígeno e hidrógeno, que se encuentran abundantemente en la atmósfera y en el agua, y el 5 por 100 restante está compuesto aproximadamente por 28 elementos químicos distintos, presentes exclusivamente en el suelo. Por lo tanto, el suelo es quien aporta la diversidad y la atmósfera la cantidad.
Algunos elementos (nitrógeno, fósforo, potasio) son tomados por las plantas en forma de sales solubles, mientras que otros (hierro, manganeso, boro, molibdeno) pueden ser también absorbidos en forma de quelatos, que requieren la acción de la microfauna.
Por ello es necesario un suelo activo. Se comprende por qué las carencias son cada vez más frecuentes en los suelos con bajos niveles de materia orgánica, y por tanto de actividad.
Por consiguiente, la fertilización, mediante aporte de substancias de naturaleza orgánica, es más completa y equilibrada y también más regular, pues, una vez humificada, se mineraliza poco a poco, lo que supone un aporte de sales elementales a disposición de la planta de una forma gradual.
Pudiera pensarse que la solución más conveniente sería la de una fertilización mixta, es decir, aportes de substancias orgánicas para mantener los niveles de humus, y aporte de sales solubles para las plantas. Pero de esta forma no se evitan los inconvenientes de la sales solubles, que reducen el papel del suelo, ralentizándose los procesos de humificación y, en definitiva, su actividad biológica; además, por muy cuidadoso que sea este aporte, siempre habrá unos momentos punta en los cuales la concentración de dichas sales en el suelo es muy elevada. Esta situación ocasiona un doble riesgo: absorción excesiva y arrastre. Como en otros muchos ejemplos de seres vivos, los vegetales han desarrollado mecanismos de conservación que les inducen acumular substancias alimenticias cuando éstas son abundantes, posiblemente por previsión ante otras épocas de escasez.
Por ello, cuando disponen de estos elementos en cantidad en el suelo, los absorben por encima de sus necesidades presentes, aumentando la concentración de los mismos en la savia y en los tejidos. En el mejor de los casos, como ocurre con las sales potásicas, esta mayor absorción sólo tiene un efecto económico indeseable (consumo de lujo), si excluimos, claro está, los que pudiera tener sobre la salud del consumidor. Sin embargo, en el caso del nitrógeno, esto acarrea además una serie de efectos fisiológicos negativos, como son la alteración de la fructificación; crecimientos excesivos que acarrean problemas de resistencia (como el encamado en los cereales), etc. y, sobre todo, crea unas condiciones propicias para la presencia de parásitos como los pulgones, que acuden allá donde está en mayor abundancia el nitrógeno que necesitan.
Los suelos carentes de unos niveles adecuados de humus, no disponen de estructura ni de capacidad de intercambio suficiente, como para retener los nutrientes solubles que se aportan con el abonado. El nitrógeno y el fósforo, particularmente el primero, son arrastrados por el agua, llegando a la capa freática y finalmente a las corrientes fluviales, donde ocasionan los graves problemas de eutrofización. En estas aguas el exceso de sales solubles provoca una excesiva proliferación vegetal, particularmente de algas, que consumen todo el oxígeno disponible, lo que imposibilita cualquier forma de vida animal. De esta forma los recursos hídricos se ven cada vez más comprometidos, siendo ya numerosos los casos de poblaciones que no pueden utilizar fuentes o pozos para la red potable por estar contaminadas con nitratos y nitritos.
Por último, hay que tener presente que existen mecanismos nutricionales que aseguran la alimentación vegetal y que habitualmente son desdeñados. Este es el caso de las micorrizas, fundamentales en la absorción del fósforo insoluble. Este mecanismo, consistente en una simbiosis hongo-vegetal, tiene una gran importancia en los ecosistemas no intervenidos y, sin embargo, en las áreas cultivadas y fertilizadas con fosfatos solubles su papel es casi nulo dado qué no son necesarios, (además de ser muy sensibles a los fungicidas de suelo).
Por tanto, el planteamiento de fertilización debe consistir básicamente en asegurar la presencia del humus conveniente para el suelo, en las condiciones climáticas concretas de cada lugar, humus que a su vez garantiza la estructura necesaria y la presencia de organismos del suelo, de cuya actividad se va a alimentar la planta.