El suelo como componente fundamental de la salud de la planta
- Institución que la publica
- Junta Andalucía, CEAE · España
- Documento fuente
- MANEJO DE PLAGAS Y ENFERMEDADES EN PRODUCCIÓN ECOLÓGICA · 12-13-14 pág.
- Código de ficha
- 300990
Descripción de la tecnología:
La relación del suelo, el aire y el agua con el desarrollo de plagas y enfermedades
Ya hemos visto que en general, desde la agricultura convencional se presta poca importancia al rol jugado por el ambiente aéreo y subterráneo, sobre el desarrollo de las plagas y enfermedades, sin embargo todos los estudios realizados parecen evidenciar esta relación y han puesto de manifiesto la intima ligazón que existe entre el suelo, las plagas y las enfermedades aéreas y subterráneas que ocurren en las plantas.
El suelo como componente fundamental de la salud de la planta
El proceso por el cual los suelos empiezan a perder la fertilidad y la capacidad de albergar vida se llama desertización, y en ello pueden influir, tanto la proximidad de otros desiertos, como las propias operaciones que se desarrollan en el mismo suelo, siendo la actividad agraria, una de las causas que pueden desencadenar estos procesos, cuando no se desarrolla esta actividad productiva con criterios agroecológicos.
El desierto que se sitúa más cerca de nosotros avanza, al parecer, implacablemente. El Sahara ha extendido sus fronteras en los últimos 35 años en unas 65 millones de hectáreas, algo mas que el equivalente a todo el territorio español... Al parecer la apisonadora desértica avanza hacia nosotros, por lo que no parece oportuno coquetear con ambigüedades, ni decir que corresponde a imaginaciones de ecologistas radicales.
A veces pensamos que el desierto solo avanza en sus espacios limítrofes, pero eso no es cierto; esta especializado también en penetrar por la retaguardia y sin lugar a dudas, al bosque mediterráneo le ha llegado su turno y a pesar de estar a 700 km de distancia, empezamos a notar su aliento en la nuca.
Los geomorfólogos y ecólogos marcan la influencia sahariana prácticamente en todo el sur de la península, alcanzando ya gran parte del litoral mediterráneo. El avance es silencioso y de puntillas, e incluye la perdida por erosión de grandes cantidades de tierras fértiles, evaluadas en mas de 50 tn por Ha y año.
Estos procesos erosivos pueden ir precedidos de un incendio, de una salinización de los acuíferos, o del abandono de un suelo porque las enfermedades o los precios han hecho inviable el cultivo, o sencillamente porque el suelo, ya agotado, no tiene capacidad de mantener cultivos sanos. Cuando la cubierta vegetal desaparece, las aguas no encuentran a nadie que las llame, y así comienza el camino sin vuelta atrás de la desertización.
Algunos pueblos han dado muestras de su capacidad para frenarlo; así, los biólogos señalan como la autentica muralla china, la formada por una franja arbórea de 7000 km de largo y 400 de ancho de bosque artificial, realizada para salvar de la desertización 25 millones de hectáreas de pastos.
Pero junto a estos factores exógenos, existen otros endógenos que determinan procesos de erosión y que están íntimamente relacionados con el proceso de manejo del suelo que hace el propio agricultor.
Los agricultores tradicionales han basado la fertilización de los suelos, en el empleo de estiércoles semi o totalmente compostados, que se dejaban en superficie o se enterraban a poca profundidad. La incorporación a la agricultura moderna de fertilizantes químicos, utilizados a gran escala, en detrimento de las aportaciones orgánicas, ha provocado efectos lamentables en nuestros suelos. Uno de ellos es que los contenidos de materia orgánica hayan disminuido hasta niveles inferiores al 1%, incluso en aquellos campos que se dedican a horticultura intensiva.
Sin la materia orgánica, la vida en el suelo va desapareciendo, y con ella la capacidad de retener agua y minerales esenciales para el desarrollo equilibrado de las plantas. Por si fuera poco, la utilización cada vez mas generalizada de herbicidas, termina por romper los naturales y frágiles equilibrios microbianos del suelo. Si disminuye la actividad microbiana de los suelos, también disminuye la cubierta vegetal que son capaces de soportar, y con esta disminución comienza lentamente la muerte del suelo y la debilidad de las plantas que mantiene.
Esta muerte, aparece disfrazada de distintas maneras, pero con un factor común determinante, que es la perdida de capacidad productiva. Sea en forma de «cansancio del suelo», o como «perdida de fertilidad», obligan al agricultor a deslizarse por una rampa sin vuelta atrás, en forma de incremento de los insumos (fertilizantes, desinfecciones, nuevas variedades, etc.). Hemos olvidado que el suelo, además de soporte mantiene a los protagonistas esenciales en el desarrollo de plantas sanas y equilibradas: los microorganismos. Cuando estos empiezan a morir, también lo hace el suelo, y entonces, los cultivos se resienten a pesar de que contamos en la actualidad con las más modernas técnicas y recursos productivos que nunca fuimos capaces de imaginar. Esta es la gran paradoja con que nos toca convivir: « más problemas productivos que nunca, a pesar de tener más medios que nunca».
En el suelo ocurren innumerables y muy complejas interacciones. Sabemos que las prácticas de agricultura intensiva, basado en las variedades híbridas y en la fertilización química en detrimento de las aportaciones orgánicas, han provocado, la pérdida de biodiversidad, representada por multitud de artrópodos, lombrices, hongos, etc. ... que junto con su desaparición han dejado de realizar, entre otras, las funciones básicas de mullición y aireación del suelo. Contrariamente y, en la medida que el suelo se compacta se produce un desarrollo ventajoso de la flora microbiana anaeróbica, generalmente inductora de procesos tóxicos en las raíces, e incrementándose en consecuencia la susceptibilidad de las plantas frente a patógenos telúricos. En la terminología agrícola se acuñaba así el concepto de “fatiga del suelo”.
En el mismo sentido, los especialistas de suelo, observan el efecto de esta intensificación agrícola favoreciendo la destrucción y perdida del complejo arcilloso húmico, y favoreciendo el consiguiente lavado y arrastre a capas profundas de las arcillas, que al no estar enlazadas al humus, dejan de estar presente en los lugares en los que se producen las interacciones -patógeno/raíz-, y por lo tanto, dejan de jugar un papel importante en los posibles procesos de resistencias a hongos vasculares. En el caso de resistencias de suelos a Fusarium oxysporum, Stotzky (1963, 1966) y Alabouvette (1986) explican que la fracción mineral del suelo tiene un papel determinante en el fenómeno de los suelos resistentes a F. oxysporum, aunque desconozcan la parte específica de dicha acción.
A estos efectos tenemos que sumar la influencia negativa que tienen las aportaciones de fosfatos, sobre la presencia de micorrizas asociadas a las raíces. El papel jugado por estas para explorar mayor superficie de suelo y conseguir para la plantas elementos imprescindibles para su desarrollo equilibrado cobra cada vez más importancia (Barea 1982). Además el papel de las micorrizas minimizando el estrés de las plantas, así como su acción protectora frente a numerosos patógenos ha sido documentada en numerosas ocasiones.
Estos procesos de pérdida de productividad no suelen aparecer ligados exclusivamente a parcelas o enclaves determinados sino que también se hacen presentes en grandes agro-sistemas. Este es el caso del primer piso bioclimático de la península ibérica, que abarca todo el litoral mediterráneo, la cuenca del Guadalquivir, el suroeste de Andalucía y el sur de Portugal. Este espacio mediterráneo, como unidad, como “ente vivo”, se resiente globalmente y su debilidad se hace patente en forma de plagas, fisiopatias, falta de productividad, virosis, ... de tal forma, que incluso las parcelas manejadas con técnicas respetuosas con la actividad microbiana de los suelos, encuentran dificultades importantes para desarrollar cultivos sanos ante la fuerte presión de inóculos patógenos e insectos que provoca el desequilibrio global del agro-sistema en el que se encuentran enclavadas.