FUNDESYRAM
Manejo de Cultivos

El fracaso del control químico para estabilizar los sistemas agrarios

Institución que la publica
Junta Andalucía, CEAE · España
Código de ficha
300989

Descripción de la tecnología:

El fracaso de la agronomía moderna en la estabilización de los sistemas productivos es evidente. Llevamos bastante tiempo luchando con las viejas plagas y enfermedades, más las nuevas, sin que consigamos avanzar, incluso en muchas ocasiones el agricultor siente que estamos retrocediendo. Recordemos que las primeras disposiciones legislativas para la lucha contra el piojo rojo (Chrysonphalus dictyospermi, Morg.) datan de 1911 y las relativas al control de la cochinilla acanalada (Icerya Purchasi, Mask) de 1922. La legislación primera del Piojo de San José data de 1898 (Aspidiotus perniciosus, Comst), la de la mosca de la fruta (Ceratitis capitata, Wield) de 1924 y la del escarabajo de la patata de 31 de Diciembre de 1891. Más lejos aún quedan las disposiciones sobre el mildiu de la vid, mediante la Orden de 1º de Julio de 1888, y aún seguimos sin poder controlar del todo el oídio en este cultivo, a pesar de que en el Real Decreto de 3 de Febrero de 1854 ya se daban normas sobre su control.

Hoy en día, se aplican casi 5 mil millones de litros de pesticidas en el mundo y a pesar de esto, aun se pierde entre 10 a 20 % de la cosechas por el daños de las plagas y enfermedades.

En la guerra contra las plagas, los insecticidas químicos han sido usados como el prin­cipal método de control porque parecían un método de acción rápida y que actuaba sobre las poblaciones de insectos de una manera devastadora. Sin embargo, la mayoría de los insecticidas no son selectivos y afectan junto a la plaga que se quiere controlar a otros organismos, entre los cuales se encuentran los parasitoides y depredadores de la plaga, así como los insectos polinizadores de los cultivos.

Aunque inicialmente el control siempre parece bueno, cuando la plaga se recupera, suele alcanzar niveles de poblaciones aun mayores de los que había antes de que se aplicara el insecticida, puesto que al eliminarse los parásitos y depredadores naturales que frenaban el desarrollo de la plaga, esta puede ahora reproducirse sin ningún factor que limite el crecimiento de sus poblaciones. Además, la aplicación de estos tóxicos, casi siempre suele eliminar los enemigos naturales de otros insectos presentes en los cultivos y que hasta entonces no se habían comportado como plaga pero que ahora con la ausencia de sus enemigos naturales se reproducen sin limitaciones a niveles muy altos provocando daños en los cultivos.

Ligado a esto, está la habilidad de los insectos, de los hongos y las bacterias para desa­rrollar razas resistentes a los pesticidas de tal manera, que los que utilizan el control químico como única herramienta, muy pronto se ven envueltos por una u otra causa, en una espiral que les obliga a utilizar cada vez mayores cantidades de insecticidas y fungicidas para con­trolar los problemas originales.

En una sociedad con un desarrollo tecnológico sin precedentes, con variedades híbridas resistentes, con abonos minerales y orgánicos de todo tipo, con estimulantes y fitoregula­dores y con una gama de fitofármacos increíble, seguimos como al principio, pero además, hemos degradado amplios agro-sistemas, contaminado toda la cadena trófica, a la especie humana y creado grandes conflictos sociales y económicos.

¿Dónde estuvo el error?
Quizás el error estuvo en entender la salud de las plantas como algo que depende de la presencia de un patógeno o de un insecto inoportuno y que en todo caso se puede corregir eliminando al intruso. Desde un punto de vista agroecológico, mantener la salud de las plantas es algo mas complicado, ya que son las funciones de las plantas que no se pueden describir de una manera simple o reduccionista, las que son responsables de sus interaccio­nes con el entorno, las que determinan su salud.

La salud y el equilibrio de una planta, de una parcela, de un agro-sistema, no puede ser entendido como algo simple, como un lugar o un estado al que ha accedido la planta, sino como un proceso abierto en continuo cambio y evolución. Más que un sitio al que llegar la salud de una planta es una manera de interactuar con el suelo y con el ambiente aéreo que la rodea. Por lo tanto, la visión global, la síntesis, de los factores que interactúan con ella en su entorno, se hace más necesaria, que el análisis, para su comprensión (Porcuna, 2001).

El concepto de salud, como el concepto de vida, no pueden ser definido con precisión. De hecho ambos conceptos van vinculados estrechamente entre si. El significado de la salud depende de la visión que se tenga de un organismo viviente y de la relación de éste con su entorno. Como este concepto cambia de una civilización a otra y de una época a otra, igualmente cambia el concepto de salud. En la agronomía moderna, necesitamos un concepto de salud amplio que incluya las connotaciones sociales, individuales y ecológicas que lleva implícito y que tenga una visión integral de los organismos vivientes en su rela­ción con el propio hombre.

▪ Es necesario cambiar la manera de pensar
Desde una visión agroecológica, el mundo aparece actualmente como algo ya lleno y muy frágil. Frente a los graves problemas ambientales y de salud, la búsqueda de la calidad de vida constituirá en un futuro no muy lejano el fundamento sobre el que apoyar la planificación del desarrollo. En este sentido, la sostenibilidad, aparece hoy como la es­trategia más importante para aplicar en este mundo sobreexplotado y la reconversión de los actuales modos de producir en modelos que contemplen la gestión de agro-sistemas sostenibles se configura como una tarea inaplazable. Esta transición es ya un reto ineludi­ble para el siglo XXI, y para ello, replantear los problema de la sanidad vegetal constituyen una paso fundamental y necesario.

Desarrollar sistemas agropecuarios sanos y sostenibles, incluyendo a las comunidades humanas que los sostiene, incluyendo las culturas y recursos de estas comunidades, no implica solo cambiar leyes y hábitos, sino fundamentalmente, abordar un nuevo estilo de ver e interpretar el mundo. Como afirma Alan Thein Durning ”El problema que percibimos es que un futuro más sostenible tiene enfrente algo muy difícil de cambiar: el modo de pensar dominante”.

Quizás este cambio, aunque sea tímidamente, ya ha comenzado. En la actualidad, se está produciendo importantes correcciones de las estrategias de producción en las em­presas agrícolas más importantes y tecnificadas de Europa. Las nuevas demandas de los mercados está obligando a realizar en muy corto periodo de tiempo un cambio tecnológico sin precedentes en la dirección de reducir al máximo los productos químicos y se susti­tuirlos por otros de un perfil más ecológico. Los extractos de origen vegetal, la utilización masiva de insectos útiles y el desarrollo de técnicas de confusión sexual, capturas masivas o quimio-esterilización nos hacen pensar que estamos ante una revolución tecnológica de una magnitud profunda en cuanto al control de plagas y enfermedades. Este cambio viene propiciado por una parte por la altas exigencias de las grandes cadenas de distribución en cuanto a los niveles de residuos que empiezan a requerirse próximos a cero y por otra la mayor percepción de los consumidores de la importancia de los alimen­tos en cuanto su influencia sobre la salud.